Se están perdiendo los valores. Los de siempre. Los tradicionales. Y no es que me tenga yo por una ferviente defensora de los mismos. Pero los echo de menos. Muchas veces. Demasiadas. No me refiero a la misa diaria y a la confesión semanal. No. Ni a los cuchicheos detrás de las cortinas viendo la gente pasar por la calle. Me refiero a la educación basada en el respeto, en el reconocimiento de la autoridad de los padres, de los maestros, de las personas de bien, de los mayores, en la buena educación con los vecinos, los familiares, con las personas que nos cruzamos con la calle, con las que entran en el autobús en el que estamos sentadas, con el silencio de la sala de un hospital. Nos infunden y atosigan con el reconocimiento y exigencia de nuestras libertades y derechos individuales, matizados por los de la colectividad -ese ente intangible y muchas veces ininteligible-, y perdemos las buenas costumbres del buen padre de familia, que tanto adorna los criterios i...
No me gusta que digan que las rubias somos tontas. Aunque yo nunca afirmé que lo fuera. Rubia, me refiero.